domingo, diciembre 10, 2017

No soy invisible

Admiro el temple de mi madre, al abandonarse a sí misma cuando éramos pequeños, acostumbrarse a vivir limpiándonos los mocos, cocinando para nosotros, lavando nuestros platos, revisando nuestros deberes, lavando nuestra ropa, bañándonos, aseándonos, arreglando la casa, pendiente de que ordenemos nuestro desorden, planchando nuestros uniformes, enseñándonos a ser seres independientes…
Yo no puedo, abandonarme a mí misma y ser solo mamá, me parece demasiado simple; sé que es algo muy importante en la vida de mis pequeños, pero me parece poca cosa para mí. Yo quiero algo más.
Necesito sentirme valorada, importante, sentir que los años que estudié y que pagué mis estudios no fueron en vano, saberme útil, usar mis neuronas en algo más que no sean las “cosas que están pendientes por comprar, por guardar, palabras por decir, deberes por revisar, platos por lavar, casa por aspirar, piso por trapear, comida por preparar, cuentas por pagar, personas por llamar… etc.”
Me niego a creer que, desde el instante en que me convertí en madre, tenga que solo vivir para y por mis hijos. Si, ellos son mi motor, ellos me han hecho soportar muchísimas cosas que sola no hubiera soportado jamás; me han vuelto una mujer valiente… sacan lo mejor de mí, y a veces también lo peor de mí. Pero no son la única cosa que tengo y deseo en la vida, quizás suene egoísta, para muchas otras madres, pero yo soy también una mujer, aparte de mamá, soy profesional, aparte de mamá…
Yo también necesito mi tiempo fuera, mi espacio, mi momento a solas, necesito respirar sin que nadie me chille, necesito salir y ver el mundo con otros ojos y calmar cualquier angustia o cualquier pendejada que esté pensando o que esté pendiente realizarse, por salud mental, por variar un poco, por dejar de lado la rutina que mata todo lo que toca.
Entonces, ¿por qué está tan mal que yo necesite mi propio espacio? ¿Quién carajos concluye que es lo peor del mundo, que soy la peor madre o que rebozo de entero egoísmo por necesitarlo?
Ser mamá, para mí, es frustrante, mucho. Y de algún modo una tiene que aprender a canalizar esa frustración porque sino todo lo que conlleva la maternidad solo te comerá viva. Nadie te va a decir estas cosas de la maternidad, yo si.
Basta de etiquetar a otras mamás, de pensar que son malas porque no son como una, de sentirse mejores o incluso pésimo porque las vemos mas “capaces”. No es así. En la maternidad, como en la vida, hay días y días. Días en que no quisiéramos ni salir de la cama y aún así ponemos los pies sobre la alfombra con la esperanza de que el día acabe pronto… y hay días en que nos levantamos de un salto, con una sonrisa grande luego de recibir el beso más dulce y tierno del hijo o hija…
Mis hijos son esos chiquitos locos y ocurridos que me llenan el corazón de alegrías, que me hacen llorar a veces por cualquier tontería… son a quienes aprieto en mis brazos y los “atrapo”, solo para llenarles de besos y no dejarles ir. Son lo mejor que me pasó en la vida, si, pero no son lo único que me pasó, ni lo único que me está pasando.
Yo quiero ser, al menos, un poco de lo que fui antes de ellos. Ser alguien sin ellos, ser alguien para ellos (alguien más que su mamá), ser alguien con ellos.
No sé si un día me resigne y solamente me deje ir, me deje llevar y caiga en ese “agujero negro” de ser mamá y solo mamá… no me atrevo a decir el famoso “nunca”. Apenas voy seis años y medio en esta tarea, es muy poco tiempo para saber qué más puede pasar… Por favor no me pidas, ni me digas, que mis hijos tienen que ser lo único en lo que tengo que pensar, los únicos con quien debo salir, lo único que más me debe importar, porque yo no me volví invisible el momento en que los parí, sigo estando aquí, presente, aquí y ahora, sigo teniendo sueños, metas, deseos… soy a quien más necesitan pero también yo necesito de mí, al fin al cabo, yo soy lo único que tengo.

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